José Ramón Julio Martínez Márquez ha sido muchas cosas: artista, progre, transgresor, burgués, intelectual, sheriff, pijo, reaccionario... Tenía, como unos privilegiados Johnny Depp, Michael J. Fox o Mick Jagger, un faustiano pacto con el diablo que le hacía envejecer cual lobezno con mayor ralentí que el resto de mortales. Su pico de oro además le hacía imprescindible en cualquier tertulia televisiva anterior al amarillismo jorgejaviervazqueciano. Con frecuencia me hipnotizaba frente a la tonta caja a escuchar al imberbe cuarentón que regalaba opiniones de contundencia inusitada. Ramoncín fue tocado por las musas del verbo. Sus argumentos parecían divinos, sus digresiones impepinables y sus matices ricos como las tejas de caramelo de Hansel y Gretel. Soportaba como dudoso bagaje un impagable repertorio de discos
y directos de rock a sus anchas espaldas y cierto aire a Elvis. Era un señor con pasado, honroso u hortera, según los gustos, pero era un creador.
No llegué a su época musical pero sí rescaté algo de él mediante oscuros e ilegales procedimientos de descarga. Menuda paradoja más premonitoria. Su sonido tampoco me embelesó más de lo que lo había hecho su afilada espada de palabrería certera. En general puedo afirmar que el nota me caía bien.
Pero Ramón Sólo se embarcó en aventuras innegociables, como empecinarse en que el respetable ya no le llamase Ramoncín. Su fracaso fue estrepitoso, y ya para entonces un ser tan pispado como don José Ramón debería haber vaticinado que lo peor que le puede acontecer a un famoso es perder la credibilidad pública (que se lo digan a Guti, Violeta Santander o Farruquito).
Lo peor vino después: El rey del pollo frito, abanderado de la rebeldía y la subcultura rock, se alista como almirante de las fuerzas artísticas de 
No sé muy bien quién creó Internet, y todavía no entiendo por qué además de pagar a Telefónica, Jazztel, Ono o Yoigo no tenemos que pagar a Ramoncín un impuesto antipirateo por si queremos ver sus famosos videos del Jueves en Youtube. España es un país a veces cutre, ridículo y borrego, pero cuando superamos las envidias escondemos detrás un buen corazón provinciano y un pelín de sentido común, ése mismo que nos hace ver que el cantante de “Marica de terciopelo” se ha cambiado de tren. Y aquí la traición y la incoherencia se llevan muy mal. Si eres un hijoputa pues hijoputa eres, pero no me vendas la moto de que fue un error, pasaba por la calle equivocada o el semáforo estaba en ámbar.
Siempre hay que dar la cara, y cuando veinte millones de personas te abuchean por la calle es que debería caérsete de vergüenza, volverte a casa con la calavera desnuda y replantearte si no te has equivocado en los últimos diez años. ¿O acaso el OT 2009 del que eras Jurado era tan diferente del OT 2002? Quizá tu proyecto en


















